Sábado 25 de octubre de 2014 | 2:43 A.M.
log
aquello
Crónica
Historia de un desafío legal
Edición No. 15
Cuando el desierto se traga las voces
“Dreamers”
Eileen Truax
“Dreamers”
Eileen Truax nació en México DF en 1970. Escribe para Huffington Post, Voces, Gatopardo, Obras, el diario Reforma y otras publicaciones. Es autora del libro, Dreamers. La lucha de una generación por su sueño americano (2013). Vive en Los Ángeles, California, desde 2004.

Nogales /Arizona.— El ocaso en el desierto de Arizona es sobrecogedor. El manto de tierra agreste, reseca hasta donde se pierde la vista, de pronto se cubre de reflejos y sombras. Las nubes se abren un poco y dejan ver un cielo que cede al anaranjado dorado del atardecer. En medio de la nada el sol empieza a ocultarse y todo, suelo agrietado, cielo abierto, parece arder.

También parece que arde la cárcel, el Centro de Detenciones de Eloy. El moderno edificio rodeado por tres capas de reja y alambre de púas, tiene una característica que, si uno se detiene a pensar, puede resultar conmovedora o cruel: ventanales de fibra de vidrio transparente apuntando al poniente. Desde el confinamiento que dura días, y semanas, y meses, los presos ven cómo la puesta de sol se repite una y otra vez.

Eloy es uno de los seis centros de detención de Arizona que son operados por Corrections Corporation of America, la empresa privada que administra la mayor parte de las prisiones concesionadas en Estados Unidos. Cuatro de estos centros, entre ellos Eloy, se alojan en un perímetro de dos millas cuadradas de ubicación estratégica: entre la capital estatal Phoenix y la ciudad de Tucson, y a unas cien millas del puerto fronterizo de Nogales. Eloy cuenta con 1596 camas y es habitado por hombres y mujeres cuyo delito es estar de este lado de esa frontera sin un papel. El 22 de julio de 2013, sin embargo, se abrió un paréntesis en la monótona marcha de la maquinaria que arresta y deporta desde aquí. Ese día por la mañana, los habitantes de las ciudades hermanas que comparten el nombre de Nogales —una en Sonora, la otra en Arizona— vieron marchar desde el lado mexicano, con actitud decidida, a nueve jóvenes indocumentados que, vistiendo toga y birrete de graduados, pidieron ingresar a Estados Unidos por considerarlo su país.

Las cinco chicas y cuatro muchachos representaban a los 1.7 millones de jóvenes que viven en Estados Unidos sin documentos debido a que fueron llevados por sus padres siendo menores de edad. Provenientes en su gran mayoría de México –siete de cada diez,– estos chicos crecieron en suelo estadounidense, en donde han recibido educación, hecho amigos, echado raíces, aprendido el idioma y construido su vida. Pero cuando llegan a la edad adulta, la falta del documento pesa, cierra puertas, abre heridas, y se convierte en obstáculo para estudiar una carrera universitaria, para trabajar, para tener una licencia de conducir, para vivir la vida. Y a veces, se traduce también en una deportación o en el retorno a un país que les es desconocido.

Este era el caso de los nueve jóvenes enfilándose a la garita. Algunos tenían unos años de haber vuelto a México; otros meses, otros apenas días. Todos eran “Dreamers”, el nombre que se le da a quienes podrían ser beneficiados por la ley dream Act. Ley que de ser aprobada, regularizaría bajo ciertas condiciones la situación migratoria de quienes llegaron indocumentados a Estados Unidos siendo menores de edad. Los nueve sabían que intentar volver al que consideran su país por un puerto de entrada oficial, reconociéndose abiertamente indocumentados, necesariamente terminaría en la detención por tiempo indefinido. Los nueve estaban dispuestos a correr el riesgo.

*****

 Es la tarde del lunes cinco de agosto. Como cada día desde que los nueve Dreamers fueron arrestados, esposados, subidos a una camioneta de la Patrulla Fronteriza, y traídos al Centro de Detención de Eloy, aquí se celebra una vigilia frente a la reja que separa a los detenidos del mundo de atardeceres ardientes. El polvo se levanta ante el paso de los autos de quienes vienen desde Phoenix o Tucson recorriendo caminos terregosos hasta llegar al que irónicamente recibe el nombre de Sunshine Boulevard.

Trece personas forman un círculo y se toman de las manos mientras se pone el sol; una de ellas inicia una oración, los demás la secundan. Piden por la liberación de los jóvenes, por que pronto estén de vuelta en casa, con la familia que los espera aquí, en Estados Unidos.

Dos semanas antes, cuando los chicos llegaron a la garita de Nogales, buscaron ingresar solicitando ante las autoridades de inmigración una visa humanitaria. De acuerdo con la ley, cuando una persona manifiesta su intención de permanecer en el país sin documentos, los agentes deben proceder al arresto en tanto se da respuesta a su solicitud. Para ello iban preparados los nueve jóvenes, y también quien se convertiría en el personaje clave durante los días siguientes: la abogada Margo Cowan.

Cowan es una mujer madura, de rostro afable, mirada escrutadora y “colmillo” largo. Graduada de la escuela de leyes en los años ochenta, es defensora del condado de Pima, Arizona; experta en derecho migratorio, especialista en casos de indocumentados y refugiados, y cofundadora del grupo No More Deaths, que busca reducir las muertes en el desierto, consecuencia de la migración indocumentada.

La abogada tomó con entusiasmo el caso de los chicos, que para el momento en que fueron arrestados ya eran conocidos en redes sociales como los #Dream9. A sabiendas de que lo más probable fuera que la solicitud de visa humanitaria les fuera negada –pero habiendo logrado su ingreso legal al país a través del arresto–, la abogada había preparado nueve solicitudes de asilo político, una por cada chico, en las cuales se argumentaba su necesidad de permanecer en Estados Unidos. La respuesta para saber si procede la solicitud puede tardar entre diez días y un mes, a veces un poco más. Los aspirantes deben permanecer presos mientras esto ocurre, y en caso de que al final se decida dar curso a la solicitud, es posible que continúen en prisión hasta que el proceso finalice. Una solicitud de asilo político tarda entre cinco y siete años en ser resuelta; si al final el asilo es negado, el solicitante enfrenta la deportación inmediata.

Quienes participan en la vigilia afuera de Eloy cuentan los días para saber si a los chicos les será iniciado el proceso de solicitud de asilo. Familiares y amigos de los detenidos cierran los ojos y participan de una oración comunitaria, comparten la ansiedad. En un momento de silencio se oyen a lo lejos golpes secos, ansiosos. Todos voltean hacia la prisión y brincan agitando los brazos con fuerza. Gritan sabiendo que los presos no los oyen, que el desierto se traga las voces; aún así, saludan, dicen palabras de aliento. Los golpes se oyen con más fuerza.

—Son los presos—explica uno de los jóvenes que participa en la vigilia—, los que tienen vista hacia este lado se emocionan cuando llega alguien; es que aquí nunca viene nadie. Uno de los Dreamers detalló que a los presos les gusta que venga gente a pararse aquí, porque sienten como si les trajeran serenata.

*****

 Claudia Amaro contactó a esta reportera a principios de julio por medio de Facebook: quería compartir su historia. Cuando ella tenía once años de edad, su padre fue asesinado en Durango; el crimen no sólo quedó impune, sino que la familia empezó a recibir amenazas por parte de los asesinos. Entonces Elvia, la madre, decidió irse con sus cuatro hijas de manera indocumentada a Estados Unidos. Claudia, la mayor, tenía trece años.

La familia empezó su vida de cero. Claudia se adaptó con los años e hizo de Wichita, Kansas, su hogar. Ahí se graduó de la preparatoria, se casó y nació su hijo Yamil. La vida transcurría en relativa calma hasta que hace siete años su esposo recibió una orden de deportación. Claudia tuvo que elegir entre la separación familiar o el regreso a México. Volvió a los a los treinta años de edad.

—Nunca nos adaptamos —dice—, mi hijo extraña Estados Unidos y nosotros también. La vida aquí ha sido dura. Llegamos a Torreón porque ahí es donde conocíamos a alguien, pero en los últimos años mi hijo ha sufrido bullying, se burlan de él y lo golpean por ser gringo; la última vez tuvimos que poner una denuncia. A mi esposo lo extorsionaron hace dos años, y hace seis meses nos asaltaron con arma en mano; Yamil estaba ahí. No hemos sentido que esta sea nuestra casa.

Un par de semanas después de aquella conversación, Claudia me escribió nuevamente: había decidido sumarse a un grupo de jóvenes que intentarían cruzar la frontera por la garita, arriesgándose a permanecer durante meses en prisión, pero con la esperanza de, al final, quedarse en Estados Unidos. Estaba dispuesta a empezar de cero por tercera vez.

A Claudia la buscó Mohammad Abdollahi, dirigente de la Asociación Nacional de Jóvenes Inmigrantes (niya, por su siglas en inglés), una agrupación de Dreamers que desde hace tres años realiza acciones de desobediencia civil en las principales ciudades de Estados Unidos para llamar la atención sobre la realidad que enfrentan estos jóvenes: no son reconocidos como ciudadanos del único país que conocen, y no tienen otro país de pertenencia al cual volver.

Abdollahi es uno de los líderes más carismáticos del movimiento Dreamer. Originario de Irán, Mo, como le dicen quienes lo conocen, llegó a vivir con su familia al estado de Michigan cuando tenía tres años de edad; hoy tiene 27. En 2007 inició junto con otros jóvenes el grupo Dreamactivist, con el fin de organizar a chicos que, como él, esperaban la aprobación del dream Act.

Tras una serie de intentos a lo largo de una década, en diciembre de 2010 la ley fue presentada por última vez en el Congreso de Estados Unidos; fue aprobada en la Cámara Baja y se quedó a cinco votos de distancia en el Senado. Entonces surgió niya, la red nacional de Dreamers que empezó a tomar las calles y a realizar desobediencias civiles arriesgando a sus integrantes, jóvenes indocumentados, al arresto y a la deportación. La de los #Dream9 ha sido su acción más arriesgada y la primera en su tipo en la historia del movimiento pro inmigrante.

*****

 El lunes cinco agosto, un par de horas después de la vigilia frente a Eloy, los integrantes de Dreamactivist recibieron una llamada de la abogada Cowan: la solicitud de asilo político había sido aceptada para siete de los nueve jóvenes; el largo proceso de evaluación daría inicio, y se esperaba que en unas horas las autoridades de inmigración anunciaran su liberación. Cuando se decide dar curso a una solicitud, es prerrogativa de un juez determinar si el solicitante enfrenta el proceso en libertad o no. Por las características de los solicitantes, por la atención mediática al caso, y por lo prolongado del proceso —y lo costoso del encarcelamiento—, en la mayoría de estos casos se otorga un permiso de trabajo temporal para que el solicitante enfrente el proceso en libertad.

Unas horas después, el martes 6 de agosto, Mo participaba con otros líderes de su grupo en una manifestación en Phoenix, cuando recibió una llamada: era Lizbeth Mateo, su mejor amiga, cofundadora de niya, y una de los dos jóvenes cuya solicitud estaba pendiente de aprobación. Al final de la llamada sonrió con el rostro desbordando emoción.

—Era Lizbeth. Los nueve quedarán en libertad.

Los jóvenes, estoicos y aguerridos al hablar frente a los medios en días anteriores, rompieron en abrazos mezcla de alivio, alegría e incredulidad. Utilizando una estrategia legal que aprovechó las leyes migratorias existentes; empleando un atinado plan mediático, y apoyados por el lobby político que su red ha realizado durante los últimos tres años, niya logró que nueve jóvenes que habían salido de Estados Unidos indocumentados, regresaran por una garita oficial y permanecieran en el país de manera legal al menos por algunos años. Un puñado de jóvenes lograba en dos semanas lo que congresistas, activistas y abogados han intentado hacer durante dos décadas. Dreamactivist estaba haciendo historia. Uno de los jóvenes dirigentes, con la sonrisa desbordada, la quijada temblando de emoción, y la mirada fija en un punto al frente, susurró un poco para mí, un poco para sí mismo:

—We just became official “coyotes”.

Los #Dream9 salieron en libertad a las cuatro de la tarde del miércoles 7 de agosto. Tras una última visita a la garita de Nogales, ahora del lado estadounidense, todos se dirigieron a casa.

*****

 Horas antes de la liberación de los jóvenes, Variopinto conversó con Elvia, la mamá de Claudia. Habló de su hija y de su decisión de dejar lo que había construido en México para regresar a Estados Unidos; de la angustia vivida en los últimos días.

—¿Sabe qué otra cosa me angustia mucho? —comenta— Pensar en las otras mamás, como la de Lizbeth que está en Los Ángeles, o la de Adriana, que está del lado mexicano, en Nogales —dijo—, ellas no pueden estar aquí, pendientes, hablando con la abogada. ¿Se imagina la desesperación? Y saber que tu hija está allá adentro, sola.

El miércoles 7 de agosto las cámaras de televisión y una horda de reporteros esperaban en el estacionamiento de la terminal de autobuses Greyhound de Tucson la llegada de los jóvenes liberados. De pronto aparecieron a lo lejos cinco siluetas caminando con sus togas y birretes. Eran las chicas, quienes llegaron primero; los jóvenes arribarían minutos después. Apenas aparecieron, la gente corrió hacia ellos

Adriana llegó a Estados Unidos en brazos de María Antonia cuando tenía cuatro meses de edad; originaria de la ciudad de México, la familia hizo de Phoenix su hogar. Adriana se graduó con honores de la preparatoria en 2010, pero ante la imposibilidad de seguir estudiando debido a las restricciones legales para indocumentados en Arizona, decidió regresar a México para continuar sus estudios; su madre la acompañó. Tres meses después de su salida de Estados Unidos, en junio de 2012, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama anunció el programa de Acción Diferida, conocido como daca, que da un permiso de trabajo, oportunidades de estudio y protección temporal a los Dreamers por un periodo de dos años. A Adriana se le cayó el mundo encima.

Enfrentando dificultades burocráticas que le impidieron ingresar a la universidad en México –situación frecuente entre los Dreamers que regresan pensando que en este país les será más fácil estudiar–, madre e hija decidieron quedarse en Nogales para estar cerca de la frontera y explorar la posibilidad de obtener una visa fronteriza. Ahí Adriana se sumó a los #Dream9. Diecisiete días después, tras dos semanas en prisión, se despidió de su madre a través de los hoyos de una malla de metal y regresó a Phoenix, su hogar.

*****

 Aunque de los dos lados de la línea la tierra se llama igual, son mundos opuestos. Nogales, Sonora, es el sitio a donde llegan los migrantes rechazados, arrestados, deportados, vomitados por un sistema que se niega a oficializar su necesidad de ellos. Nogales, Arizona, es la puerta de entrada al manoseado sueño americano. La autopista que va de Nogales a Phoenix pasa por el camino que lleva a Eloy. Frente al Centro de Detenciones, ante la mirada de cientos de presos sin papeles, el sol baja nuevamente y el desierto vuelve a arder.

 
 
AVISO LEGAL | ACERCA DE NOSOTROS    
© Radefra Comunicación S.A. de C.V., 2014 Logo footer Radefra Comunicación S.A. de C.V.
Sagredo No. 170 C 2 Colonia San José Insurgentes,
Delegación Benito Juárez. México, D.F., C.P. 03900
Teléfonos: 55 56640358, 55 55934449, 55 55934559